Ha llovido mucho desde la última vez que escribí. A estas alturas creo que nadie me lee… es más, creo que nunca nadie llegó a leerme. No importa. Hoy estoy escribiendo esto porque decidí pasarme por el blog para ver si todavía recordaba la contraseña (no, no la recordaba. He tenido que crear una nueva) y he recordado cuándo escribí las últimas publicaciones así como otros borradores que nunca verán la luz, pero que no dejan de reflejar una época, un momento de la vida que decidí plasmar con palabras y que gracias al milagro de las nuevas tecnologías no ha acabado en el fondo de una papelera, arrugado y condenado al olvido.
Hoy me he decidido por escribir algunas líneas para compartir conmigo mismo la frustración de algo que esperaba con ansia y que no ha llegado a mí sino de la peor manera posible: la llegada de la vida universitaria.
No es un tema que tenga en secreto y vaya a compartirlo por aquí. Si nadie me lee, debería seguir quedándose a buen recaudo. No es este mi fin. Por suerte tengo personas a quien poder confiárselo y recibir apoyo. Si esta noche estoy escribiendo a estas horas en un cuadro de texto que no hace sino empapaparse con mi discurso sin audiencia, es por el placer de poder recordarlo algún día.
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En el acto de graduación del colegio, hace ya más de 6 años, recuerdo a una profesora a la cual, admito, debería haber visitado más asiduamente, nos dijo que la vida no era más que un largo camino que consistía en dejar atrás etapas así como huellas en las personas con las que habíamos compartido nuestras vivencias.
Teníamos que ser fuertes. Afrontar los nuevos retos con entusiasmo y mirando hacia el pasado como un recuerdo y no como un obstáculo para el futuro.
Me gustaría poder acordarme de muchas más anécdotas tanto del colegio como del instituto, pero no debo tener la memoria de otros compañeros y a veces sólo soy capaz de vislumbrar pequeños recuerdos…¡eso sí, no menos meritorios que otras grandes batallitas!
El caso es que el instituto fue una de esas etapas que, mientras duró, no parecía haber marcado demasiado en mí… ¡No parercía! Pero lo hizo, y ahora soy capaz de recordar buenos momentos que para entonces no eran más que puros trámites para la consecución de otra meta. De esta etapa me quedo con un gran amigo al que tampoco dedico el tiempo que quisiera, grandes profesionales y mejores personas a los que no supe valorar en su día y a mi chica: la luz de todas las mañanas.
La etapa acabó a trompicones, en Alemán y con los ojos puestos en un ansiado y frustrado, a día de hoy, reto, que es lo que venía a ocuparme en esta entrada y que al final ha adquirido un tono más melancólico que otra cosa.
Mañana intentaré seguir con mi retorno a la odisea de las páginas en blanco.