Dicen que soy pesimista y en cierto modo es una gran observación -y cierta- por parte de quien lo dice y quienes sin hacerlo saber, lo piensan.
No creo que sea algo malo y, aunque involuntario, no me disgusta que sea mi modo de ver las cosas. Al menos no del todo.
Produce una gran satisfacción cuando una de esas ilusiones se cumple. Cuando la idea que tenías en la cabeza debía concluir mal, pero acaba del mejor modo posible.
Cuando el pensamiento es optimista y no finaliza de la mejor manera posible, el ánimo decae al instante.
Mi gran amigo, el pesimismo.

La persecución del equilibrio
Sin embargo hay algo que no termina de convencerme. No me gusta, y no es bueno, darle mil vueltas a la cabeza sobre un tema, el cual estás totalmente convencido que va a terminar mal. Estás caprichosamente convencido que va a acabar mal.
Hace que cambies el ánimo, que te enfades con los que más quieres, que produzcas rechazo.
Para colmo, no logro encontrar un término intermedio. Cuando abandono un modo y me apodero del otro aparecen las ilusiones. Ilusiones, malditas, que se desvanecen en unos minutos y que hacen que no te comprendas a ti mismo. Que no entiendas por qué creas esas tan bonitas imágenes que se volatilizan, cuando tú, desde el desconocimiento, desde la insegura intuición, aseguras que deben desaparecer.
Debo aprender a controlar las emociones. Se apoderan de mí.