El pasado Martes recibí un artículo de opinión de un tal Javier Marías -no suelo seguir la la prensa. Un terrible fallo por mi parte, cierto- titulado “Pieles finísimas” y publicado en El País. Como la mayor parte de los artículos que nos pasan en el instituto, pensé que no tendría mayor interés que contener la información necesaria para realizar el trabajo que nos habían encomendado. No obstante, le dediqué más tiempo del que en un principio pensaba asignarle y terminé por no hacer otras tareas para tomarme en serio el análisis de este texto.
Me pareció un tema de actualidad con mucho más interés del que se le da y el cual oculta una verdad oculta y una doble intención -malvada-: el excesivo derecho y protección que se nos está otorgando a los jóvenes frente a la disminución de autoridad de los padres.
Me decanté por copiar una parte del trabajo que viene a ser, en realidad, un resumen -con estilo periodístico- del texto de Javier Marías:
Los padres protegen la pusilanimidad de sus hijos hasta tal punto que se alarman del comportamiento de estos cuando ya es demasiado tarde: se han vuelto adolescentes tiránicos que no aguantan el menor contratiempo y frustración, atentando contra las normas de nuestra sociedad y contra la propia dignidad humana destrozando coches, pegando a policías y violando a chicas.
En contra de como podría parecer, estos jóvenes no suelen provenir de familias pobres, sino de clases medias y altas que han podido y querido mimarlos, aceptando cualquier tipo de proposición que hagan por muy inverosímil, irracional y poco argumentada que resulte, como es el caso del excesivo derecho que se le ha dado a los alumnos de la Universidad de Cambrigde, los cuales pedían la retirada de la publicación pública de las listas de notas, echando atrás una tradición de más de doscientos años.
Agravante -o más bien causante- de este problema es la legislación excesiva de los derechos del menor, incluyendo entre ellos la prohibición del típico cachete dado en situaciones descontroladas donde hay que enseñar que ciertos actos acarrean un castigo. Si esta tarea se deja para demasiado tarde, los jóvenes no estarán concienciados de las consecuencias de sus actos y tenderán a salirse con la suya apoyándose en un colchón de derechos sin ningún deber a cambio. Contradictorio resulta pues que los padres se vean mermados del derecho de enseñar estos valores a sus hijos y, sin embargo, la justicia pueda pueda encerrarlos entre rejas y privarlos de libertad.
La medidas que están tomando los gobiernos en relación a nosotros, los jóvenes adolescentes, no me parecen, para nada, correctas. ¿Cómo es que un padre ya no puede escarmentar a su hijo como toda la vida se ha llevado haciendo? Por el contrario de como podría parecer, no estoy de acuerdo con la mano floja y, mucho menos, en recibir cachetes, pero hay que dejar una cosa bien clara: las palabras suaves, bondadosas y llenas de ternura y cariño no siempre sirven. El diálogo es muy importante, por supuesto, pero hay situaciones en las que se nos tiene que poner freno porque, si no, “nos comemos al mundo”. Tenemos todas las de ganar frente a la ley.
Por otro lado, me parece todavía más malvado que, este incremento de derechos que se nos está otorgando no sean más que “derechos”. Entre comillas, por supuesto, porque su finalidad no es que recortemos distancias con los adultos o, que en cierto modo, nos asemejemos más a ellos, sino que es un modo de poder modelarnos más al antojo de ELLOS, los que tienen el poder. Y con ellos me refiero a, la “nueva” clase social, los políticos -como nombré en mi anterior entrada-, los cuales quieren hacernos creer que significamos mucho para ellos, que nos tienen en cuenta y que nos están acercando cada vez más a su mundo, una esfera superior a la que los jóvenes habíamos acostumbrado a pisar.
Nos la están metiendo doblada.


